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sábado, 20 de agosto de 2016

Cuento "Casa tomada" - Julio Cortázar

Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.

Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.

Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.

Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pullover está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor para preguntarle a Irene qué pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.

Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte más retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y mas allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y el baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y los pianos.

Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la pared antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.

Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:

-Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo.

Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.

-¿Estás seguro?

Asentí.

-Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado.

Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que me tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.

Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.

-No está aquí.

Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.

Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.

Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:

-Fijate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?

Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.

(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.

Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en voz más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)

Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.

No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.

-Han tomado esta parte -dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.

-¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? -le pregunté inútilmente.

-No, nada.

Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.

Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.

                                                                FIN

Audiolibro - "Casa tomada" - Julio Cortázar


lunes, 15 de agosto de 2016

La historieta

Es un tipo de texto donde se combinan los códigos escrito y visual.
Existen características comunes.

La historieta contiene una superestructura narrativa : situación inicial, complicación y resolución.
El escritor tiene la habilidad de contar una historia lo más simple y resumida. Para esto elegirá las escenas y las palabras más acordes para este caso.

Elementos de la historieta.

Viñetas

Las historietas narran una historia a través de una serie de viñetas. Éstas constituyen las unidades  narrativas  que hacen avanzar la historia.
La secuencia se da en un orden lógico o cronológico, sin embargo puede haber retrocesos como en toda narración.

Globos

Los diálogos y lo que piensan los personajes aparecen con la forma de un globo, teniendo un rabo que señala al emisor.
Los globos pueden ser:

Los que ponen de manifiesto lo que dicen,









Los que expresan los gritos:













Y los que indican los pensamientos.











Cartuchos y apoyaturas:

Los cartuchos son textos intercalados entre las viñetas ,
Mientras que las apoyaturas son textos que aparecen dentro de las viñetas, en estos está presente la voz del narrador que da información con descripciones e indicadores de tiempo.

Onomatopeyas:

Son palabras que imitan ruidos o sonidos (golpes, choques, etc.).
Como por ejemplo: SNIF, ¡RING!, ¡PUM!, ¡ZZZZZZZZ!


Los cuentos maravillosos

Son relatos de origen popular y en sus comienzos su transmisión era oral.

Características:
Los personajes eran seres sobrenaturales: brujas, hadas, sirenas, ogros, gigantes, hechiceros, magos, etcétera.
El tiempo de los relatos es irreal e indefinido, por esa razón los relatos comenzaban con el “Había una vez. . .”
Los lugares carecen de descripciones detalladas de paisajes y de ambientes.
El protagonista o héroe tiene muchas virtudes: bondadoso, valiente, generoso, etcétera.
Aparece un personaje que encarna al oponente o antagonista. Es así que se plantea una división entre los buenos y los malos.


Las tres naranjas             


Había una vez un rey y una reina que deseaban tener tanto un hijo, que prometieron a todos sus súbditos que, si conseguían concebirlo, al nacimiento de este, regalarían a todos los pobres que lo solicitaran un saco de harina, una botella de aceite y una ollita de miel.
Hecha la promesa, el niño nació y todos los pobres tuvieron su comida. Pero cuando el niño tenía 7 años, llegó una viejecita alegando que no se enteró de la promesa realizada por el rey en su momento y pidiendo su parte ahora. Sin ningún inconveniente el rey le dio a la mujer el regalo prometido y cuando está estaba a punto de marcharse ocurrió el desastre. El joven principito jugando rompió la botella de aceite y desparramó toda la miel por el suelo, cosa que enfureció a la vieja que le echó una maldición.
"El príncipe no encontrará la felicidad hasta que no encuentre el amor de las tres naranjas ".
El tiempo pasó, y el joven príncipe (llamado Bernardo) cumplió los 16 y empezó a notar una dicha en el corazón y el peso de la soledad, así que decidió salir en busca del amor de las tres naranjas.
En su aventura, Bernardo se encuentra con mucha gente pobre con la que comparte su comida, pero nadie sabe decirle nada sobre el amor de las tres naranjas. Aunque un buen día se encuentra con una viejecita muerta de hambre. Bernardo no tiene ningún problema en alimentar a la pobre mujer y ella a cambio le da tres madejas de hilo (una amarilla, una verde y una roja) y le indica donde encontrar el naranjo mágico donde encontrar a las tres naranjas y posiblemente el amor.
Para llegar a su destino, nuestro joven príncipe tiene que atravesar varias pruebas. Un campo de hormigas carnívoras, un bosque lleno de anímales feroces y por último una serpiente con siete cabezas. Para Bernardo fue fácil superar las pruebas, ya que solo tuvo que alimentar a las bestias para que le dejaran pasar.
Finalmente llegó a un jardín dónde encontró al naranjo mágico que estaba custodiado por 3 gigante dormilones y sigilosamente pasa por encima llegando a su objetico. De repente apareció un anciano que le dio un único consejo ‘tienes que alimentar el amor para que este sobreviva y no puedes abrirlas hasta que hayas llegado al pozo mágico’ después el principió cogió las tres naranjas y emprendió el camino de vuelta.
Los gigantes despertaron y lo persiguieron, pero gracias a las madejas de hilo, el príncipe pudo escapar. La amarilla se convirtió en una fila de arbustos llena de pinchos, la verde en una selva llena de lianas y vegetación y la roja en brasas al rojo vivo y no permitieron avanzar más a los gigantes que se volvieron por donde habían venido.
Bernardo tiene muchísima sed así que, sin hacer caso al anciano, decide abrir la primera naranja, la que se convierte en una joven doncella hermosa que también tiene sed, como Bernardo no tiene nada que ofrecerle esta se convierte en polvo.
Bernardo consigue agua y comida, así que decide abrir la segunda naranja, una segunda preciosa doncella aparece, Bernardo le ofrece su agua y su comida, pero como no han llegado al pozo del que le habló el anciano la segunda doncella también se convierte en polvo.
Una vez Bernardo llegó al pozo mágico abrió la tercera naranja, y a pareció la mujer a la que había estado esperando toda su vida, una joven doncella preciosa, graciosa, sensible y encantadora que le juró amor eterno. Al darle el agua del pozo mágico, la doncella sobrevivió, y el príncipe prometió casarse con ella. Le pidió que lo esperara al lado del pozo mientras él iba a buscarle una carroza con la que poder llevarla al castillo.
Mientras el príncipe se dirige a buscar el carruaje, una bruja mala le clava unos cuchillos en la espalda a la doncella al pozo (convirtiéndose ésta en un magnífico pez) y se disfraza con sus ropas. El príncipe vuelve y sin percatar el engaño lleva a la bruja al castillo y se casa con ella. La bruja no quedando contenta con que la doncella siga viva, pide que la pesquen y se la cocinen. De las espinas del pescado muerto salió una preciosa mariposa que se podó en la rodilla del príncipe. Bernardo se percató que esta tenía una pequeña aguja clavada en la espalda y se la quitó, y la mariposa se convirtió en la joven doncella amada.
La bruja se murió del susto y el príncipe y su princesa fueron felices y comieron perdices.

FIN

domingo, 14 de agosto de 2016

Instrucciones para subir una escalera - Julio Cortázar

Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte
sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se sitúa un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquiera otra combinación producirá formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta baja a un primer piso.
Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie).
Llegado en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso.


sábado, 13 de agosto de 2016

El boom latinoamericano

El Boom latinoamericano fue un fenómeno editorial que surgió entre los años
1960 y 1970, cuando el trabajo de un grupo de novelistas latinoamericanos
relativamente jóvenes fue ampliamente distribuido en Europa y en todo el
mundo.    
Estos escritores desafiaron las convenciones establecidas. Su trabajo es experimental y, debido al clima político de  América Latina de la década de 1960, también muy político. Latinoamérica fue conocida por dos cosas por encima de todas la demás en la década de 1960: la Revolución Cubana y el auge de la literatura latinoamericana.
El éxito repentino de los autores del Boom fue en gran parte debido al hecho de que sus obras se encuentran entre las primeras novelas de América Latina que se publicaron en Europa, por las editoriales de Barcelona, en España.

Precursores del boom latinoamericano:

Son aquellos escritores que forjaron la nueva narrativa hispanoamericana:

Cuba: Alejo Carpentier
Guatemala: Miguel Ángel Asturias
México: Franco Morales Diaz
Argentina: Borges y Sábato

Representantes del boom latinoamericano:

Colombia: Gabriel García Márquez
Perú: Mario Vargas Llosa
Argentina: Julio Cortázar
México: Carlos Fuentes
Paraguay: Augusto Roa Bastos
Cuba: José Lezama Lima
Brasil: Jorge Amado
Uruguay: Juan Carlos Onetti y Mario Benedetti

Los acontecimientos políticos más importantes de la época:

·         Las décadas de 1960 y 1970 fueron décadas de agitación política en toda América Latina, en un clima político y diplomático fuertemente influenciado por la dinámica de la Guerra Fría.
·         La Revolución Cubana en 1959 y los intentos frustrados de Estados Unidos de atravesar la Bahía de Cochinos pueden considerarse como el inicio de este período.
·         La vulnerabilidad de Cuba llevó a estrechar lazos con la URSS, dando lugar a la crisis de los misiles en Cuba de 1962, cuando los estadounidenses y los soviéticos se acercaban peligrosamente a la Guerra nuclear.
·         A lo largo de los años 1960 y 1970, regímenes militares autoritarios gobernaron Argentina, Brasil, Chile, Paraguay, Perú y muchos otros países.    

   Antecedentes históricos:

·         Fueron los golpes de Estado en Cuba en 1959 y en Chile en 1973,
·         La caída del general Perón en Argentina, la lucha violenta y prolongada de la guerrilla urbana, brutalmente reprimidas en Argentina y Uruguay,
·         La violencia sin fin en Colombia.
·          Lo que centró la atención del mundo sobre la América de habla española fue el triunfo de la Revolución Cubana en 1959.

Las influencias literarias

El auge de la literatura latinoamericana comenzó con los escritos de:
·         José Martí, Rubén Darío y
·         José Asunción Silva.
·         En Europa escritores modernistas como James Joyce también han influido en los escritores del Boom, al igual que los escritores latinoamericanos del movimiento Vanguardia. Con el éxito de la pluma, el trabajo de una generación anterior de escritores tuvo un acceso a un público nuevo y ampliado.
·         Estos precursores son: Jorge Luis Borges, Miguel Ángel Asturias, Alejo Carpentier, Juan Carlos Onetti y Juan Rulfo.

Orígenes:

Para algunos sería Rayuela, de Julio Cortázar (1963), mientras que otros prefieren La ciudad y los perros de Vargas Llosa. Fernando Alegría considera Hijo de hombre de Augusto Roa Bastos  (1959) como la obra inaugural del Boom, otros dicen que  fue con Hombres de maíz de Miguel Ángel Asturias de 1949.
Otra variante es "La historia del auge podría empezar cronológicamente con El señor Presidente de Miguel Ángel Asturias (publicada en 1946, pero empezada en 1922). Otro punto de partida podría ser El túnel de Sabato (1948) o El pozo de Onetti (1939)".
Los representantes más importantes del Boom afirmaron que eran «huérfanos» de generación literaria, sin ningún «padre» latinoamericano de influencia.

Identidad:

·         Las novelas del boom son esencialmente modernistas.
·         Tratan al tiempo de una manera no lineal, suelen utilizar más de una perspectiva o la voz narrativa
·          Otras características notables del Boom son el tratamiento de los ajustes, tanto rural y urbano, el internacionalismo, el énfasis tanto en la historia y la política, así como «interrogatorio de regionales, así como identidad nacional, el conocimiento del hemisferio en todo el mundo, así como las cuestiones económicas e ideológicas; polémicas, y la oportunidad".
·         La literatura del Boom rompe las barreras entre lo fantástico y lo mundano, la transformación de esta mezcla en una nueva realidad.
·         De los escritores del boom, Gabriel García Márquez está más estrechamente relacionado con el uso del realismo mágico, de hecho, se le atribuye.

Lentitud - Ricardo Mariño

No podía moverse. Tenía conciencia de que estaba en el suelo, sentía un agudísimo dolor de cabeza y una gran pesadez. No podía moverse ni abrir los ojos. ¿Qué había pasado? La nave. Con esfuerzo recordó que finalmente la nave había caído y que, unos segundos antes, él se había lanzado con el sistema eyector. Venía navegando normalmente en un vuelo automático y en algún momento advirtió que la nave no avanzaba por la ruta trazada. Cuando quiso rectificar el rumbo comprobó que era imposible. Los instrumentos funcionaban, pero algo había alterado sus parámetros. Él sólo era un piloto encargado de hacer un traslado de materiales hasta la Tierra, alguien con mínima instrucción, pero no había que ser un experto para deducir que, accidentalmente, la nave había entrado en el área de influencia de un campo gravitacional tan poderoso como para dislocar el instrumental.
Los intentos por comunicarse habían sido inútiles —nada funcionaba en forma normal—, y con los mandos manuales no había podido impedir que progresivamente la nave fuera atraída hacia ese planeta. Debía hacer muchas horas que esa falla afectaba a la nave y él, fatalmente, había demorado demasiado en advertirlo. Por lo cual, debía estar muy alejado de las rutas convencionales. Próximo a caer sobre el planeta, había dispuesto de unos segundos para ver cómo era su superficie, después de accionar en forma manual, e inútilmente, los sistemas de descenso. Mientras caía tuvo sensaciones muy extrañas y, antes de desvanecerse en plena caída, vio un lugar inhóspito, rocoso, con una mínima vegetación que al menos hacía pensar que allí habría oxígeno.
Cuando fue evidente que se estrellaría contra el planeta, decidió eyectarse, que era la forma de salvarse él, pero no la nave. Todo había durado instantes y de esa parte no recordaba prácticamente nada. No tenía la menor idea sobre qué había sucedido después ni cuánto tiempo había transcurrido.
Sin embargo ahora se sentía en posición horizontal. La permanencia de varias semanas en el espacio le hacía confundir esas sensaciones, pero había jurado que estaba acostado en el suelo de aquel lugar.
Quién sabe cuánto tiempo había pasado en esa posición cuando notó que, si se empeñaba en hacer un gran esfuerzo, podía mover un brazo algunos centímetros. Era como intentar nadar en un líquido de terrible densidad. Y tal vez fuera así. Tal vez la combinación de gases de ese planeta, o las condiciones gravitacionales, produjeran alguna sustancia espesa que impedía los movimientos.
Pasado un rato pudo comenzar a abrir los párpados. Una tenue luz se filtró y tuvo en su mente la imagen de manchas oscuras imprecisas, recortadas sobre un fondo blanco. Eran siluetas perfectamente inmóviles, estatuas o algo parecido. ¿Cómo no se había golpeado contra ellas al caer? Eran muchas figuras parecidas, que representaban seres de espantoso aspecto. Habían sido talladas en el vívido gesto de avanzar a la carrera hacia un objetivo. Ese objetivo parecía ser... él mismo, porque, de hecho, estaba en el camino de la carrera de las estatuas.
Parados sobre cuatro patas y casi enanos, tenían un aspecto vagamente humano. Su expresión, a la vez fría y asesina, no delataba pensamientos sino un instinto bestial. Los filosos colmillos que les sobresalían de sus bocas les daban esa apariencia animal, pero los rasgos de la cara eran estilizados y no recordaban la cabeza de un simio sino la de un renacuajo o un humano recién nacido, con sus arrugas y su cabeza desproporcionada.
Poco después vio que detrás de las estatuas estaba su nave, destrozada. El movimiento de los ojos para enfocar cada objeto se le hacía increíblemente lento. Tenía en su campo visual a la nave, pero no podía concentrarse en los detalles. Sin embargo... había algo... ¡sí! ¡Un asiento de la nave estaba suspendido en el aire!
Tal vez él hubiera caído primero y la nave después. Pero no, no era eso. Ahora que podía ver un poco mejor, había unas líneas coloridas alrededor de la nave, y a partir de eso pudo deducir que ¡la nave estaba estallando! Quizá la poderosa fuerza de gravedad hacía que la expulsión de llamas y gases fuera mínima, pero de hecho un sillón y otras partículas que ahora identificaba mejor estaban saliendo desde la nave. ¡Era un estallido en cámara lenta! Ahora el sillón se hallaba en otra posición, unos centímetros más alto, y poco después comenzaba a descender describiendo muy lentamente una parábola. Eso que en la Tierra habría resultado un fogonazo, un mínimo instante inaprensible, aquí parecía prolongarse interminablemente.
Entonces, esas figuras de hombrecitos en cuatro patas... El hombre se planteó una idea espeluznante: si todo era tan lento como para dar la sensación de rigidez, esos seres que lo rodeaban no debían estar inmóviles...
Aterrorizado, trató de concentrarse en uno de ellos, el que estaba más cerca, ya que tenía la sensación de que antes tenía la boca casi cerrada, mientras que ahora parecía abierta a medias...
Después de unos cuantos minutos, tal vez quince o veinte (para entonces el sillón había recorrido un par de metros más en el aire), la boca del hombrecito estaba completamente abierta, se veían mejor sus desparejos dientes y colmillos, y algo como una espuma parecía salirle de la garganta. ¡Se movían! ¡Estaban vivos! ¡Y se dirigían hacia él para atacarlo!
Ojalá estuviera equivocado. Para alentar esa duda, se concentró en un pájaro que estaba a unos cien metros por sobre las cabezas de los hombrecitos de cuatro patas. Era un pájaro fabuloso, inmenso, con enormes músculos en sus alas que, desplegadas, no eran demasiado anchas. Mas que volar, parecía nadar. ¿Cómo podía volar un ser vivo en ese planeta?
En algo así como media hora el pájaro ya no se vio perpendicular a la cabeza del humanoide sino desplazado unos centímetros hacia la derecha. Aterrado, se dijo que, tarde o temprano, esos salvajes se arrojarían sobre él y le darían la peor de las muertes: lo despedazarían y devorarían con espantosa lentitud.
Terribles pensamientos ocuparon al hombre durante esa eternidad imposible de calcular en horas. Advirtió, además, que no había sonidos. Por una razón inexplicable, eso le resultó más aterrador que las demás comprobaciones. Qué sensación de soledad debía dar ese lugar donde las cosas no hacían ruido al ser apoyadas. Los tremendos rugidos que habrían salido de esos hombrecitos eran puro silencio, como también la explosión de la nave.
Pasadas, quizá, dos horas, el más feroz de los salvajes estaba a unos sesenta centímetros. A las tres o cuatro horas, el hombre comenzó a sentir que la garra derecha del salvaje tocaba su cuello. Una hora más tarde comenzó a dolerle, como un pinchazo. Era terrible imaginar lo que iba a demorar su muerte...
Lo que siguió fue tan extraño como todo lo anterior: durante horas el hombre vio que el grupo de salvajes coincidía en un movimiento de sus cabezas: un giro hacia el costado y hacia arriba. Cuatro o cinco horas después ya estaban de espaldas y habían comenzado una especie de huida hacia adelante, hasta desaparecer metiéndose en una cueva. El pájaro los siguió hasta allí y, al no obtener ninguna presa, volvió a elevarse.
El hombre sabía que no tenía ninguna chance de sobrevivir en ese planeta. ¿Cómo haría para pararse, correr, conseguir alimentos, defenderse de esos seres y soportar ese horrible silencio? Por todo eso, casi agradeció cuando el pájaro, tras describir un extraordinario circulo en las alturas, comenzó a bajar en un lentísimo vuelo en picada... hacia él.

El cuento realista


Es un relato de ficción que presenta situaciones que pueden ocurrir en la vida real,  donde los hechos acaecidos se muestran como reales pero son producto de la imaginación del autor. Surge a fines del siglo XIX y se  origina en la observación de las costumbres y tradiciones de los pueblos,  presentando de una manera objetiva la realidad.

Características del cuento realista:

Observación directa y objetiva de la sociedad, de sus caracteres y costumbres.
Persigue el objetivo de la verosimilitud. Se muestra el mundo tal como es , tratando  de reflejar las características de la época  y presentando personajes que pueden ser reales. 
Descripciones minuciosas de los personajes y de los escenarios.
El tiempo del relato es de un orden lineal, lógico y cronológico.
El narrador se presenta como omnisciente o protagonista.
El lenguaje refleja el habla de los personajes, sus modismos y peculiaridades.

Clasificación:
  
Costumbristas ( personajes  y hechos propios de la región).
Humorísticos:  produce el disfrute en el lector a través de personajes, situaciones y dichos que provocan risa.
Sentimentales: apela a los sentimientos. 
Policiales: son relatos donde se cometen hechos criminales.

viernes, 12 de agosto de 2016

Casete - Enrique Anderson Imbert

Año 2132, lugar: aula de cibernética, personaje: un niño de 9 años, se llama Blas.

Por el potencial de su genotipo Blas ha sido escogido para la clase Alfa. O sea que, cuando crezca, pasara a integrar ese medio por ciento de la población mundial que se encarga del progreso. Entre tanto, lo educan con rigor. La educación, en los primeros grados, de limita al presente: el método de la ciencia y el uso de los aparatos de comunicación. Después, en los grados intermedios, será una educación para el futuro: que descubra...que invente. La educación en el conocimiento del pasado todavía no es materia para su clase Alfa.

Está en penitencia. Su tutor lo ha encerrado para que no se distraiga y termine su deber de una vez.

Blas sigue con la vista una nube que pasa. Quizás es la misma nube que otro niño, antes que el naciera, siguió con la vista una mañana como esta. Y al seguirla pensaba en un niño que también la miro en una época anterior, y en tanto la miraba creía recordar que otro niño y en otra vida...y la nube ha desaparecido.

Ganas de estudiar Blas no tiene. Abre su cartera y saca, no el dispositivo calculador, sino un juguete. Es un Casete.

Empieza a ver una aventura de cosmonautas. Cambia y se pone a ver un concierto de música estocástica. Mientras ve y oye, la imaginación se le escapa hacia aquellas gentes primitivas del siglo XX, a las que justamente se refirió el tutor en un momento de distracción: "Pobres!, ¡como se habrán aburrido sin este Casete!"

Blas, en su vertiginoso siglo XXII, tiene a su alcance miles de entretenimientos...el Casete admite los más remotos sonidos e imágenes: transmite noticias desde satélites que viajan por el sistema solar; remite cuerpos en relieve; permite que el converse, viéndose las caras, con un colono de Marte; remite sus preguntas a una maquina computadora (voces, voces, nada más que voces, pues en el año 2132 el lenguaje es únicamente oral: las informaciones importantes se difunden mediante fotografías, diagramas, guiños eléctricos, signos matemáticos)

En vez de terminar el deber, Blas juega con el Casete. Es un paralelepípedo de 20 x 12 x 3 que, no obstante, su pequeñez, le ofrece un variadísimo repertorio de diversiones. Sí, pero él se aburre. Esas diversiones ya están programadas. Un gobierno de tecnócratas resuelve que es lo que debe ver y oír. Blas da vuelta el Casete en las manos. Lo enciende...lo apaga. ¡Ah, podrán presentarle cosas para que el piense sobre ellas, pero no obligarlo a que piense así o asá!

Ahora, por la derecha de la ventana, reaparece la nube. No es nube: es el mismo que anda por el aire. En todo caso, es alguien como él, exactamente como él. De pronto a Blas se le iluminan los ojos.

- ¿No sería posible - se dice - mejorar este casete, hacerlo más simple, más cómodo, más personal, más íntimo, más libre, sobre todo más libre?

Un casete también portátil, pero que no dependa de ninguna energía microelectrónica; que funcione sin necesidad de oprimir botones; que se encienda apenas se lo toque con la mirada y se apague en cuanto se le quite la vista de encima; que permita seleccionar cualquier tema y seguir su desarrollo hacia adelante, hacia atrás, repitiendo un pasaje agradable o saltándose uno fastidioso...Todo eso sin molestar a nadie, aunque se esté rodeado de muchas personas, pues nadie, sino quien use tal Casete, pueda participar de la fiesta. Tan perfecto seria ese Casete que operaria dentro de la mente...proyectaría imágenes y sonidos en una pantalla de nervios. La cabeza se llenaría de seres vivos. Entonces uno percibiría la entonación de cada voz, la expresión de cada rostro, la descripción de cada paisaje, la intención de cada signo...Porque, claro, también habría que inventar un código de signos. No como esos de la matemática, sino signos que transmitan vocablos: palabras impresas en láminas cosidas a un volumen manual. Se obtendría así una portentosa colaboración entre un artista literario que crea formas simbólicas y otro artista solitario que las recrea.

- ¡Esto sí que será una despampanante novedad! - exclama - El tutor me va a preguntar: "¿Terminaste tu deber?". " No", le voy a contestar. Y cuando, rabioso por mi desparpajo, se disponga a castigarme otra vez, ¡zas!, lo dejo con la boca abierta: "¡Señor, mire en cambio el proyectazo que le traigo!"...

(Blas nunca ha oído hablar de su tocayo Blas Pascal, a quien el padre encerró para que no se distrajera con las ciencias y estudiase lenguas. Blas no sabe, que, así como en 1632 aquel otro Blas de nueve años, dibujando con una tiza en la pared, reinvento la Geometría de Euclides, él, en 2132, acaba de reinventar el libro.)

Enrique Anderson Imbert 
Nació en Córdoba, Argentina , en 1910. Profesor universitario, escritor de novelas, cuentos,, ensayos y críticas literarias.
Falleció en Buenos Aries en 2000.