El Diario de Ana Frank fue escrito por una adolescente Ana Frank, de tan solo 13 años entre el 12 de junio de 1942 y el 1 de Junio de 1944, en unas oficinas de unos almacenes de Ámsterdam. El lugar era conocido como "la casa de atrás".
Bienvenidos!
lunes, 4 de julio de 2016
domingo, 3 de julio de 2016
El diario íntimo
En la autobiografía alguien cuenta su propia vida poniendo énfasis en informar sobre su personalidad; por eso en este tipo de texto el autor, el narrador y el protagonista son la misma persona.
El diario personal o íntimo es un subgénero de la biografía y en concreto de la autobiografía. Se trata de un texto que, de manera fragmentaria y con el registro de la fecha, suele destinarse a una lectura posterior y privada de quién lo confeccionó.
La denominación "íntimo" significa, por un lado, interno o interior, relación estrecha, zona espiritual íntima y reservada, de reflexión y autoanálisis de una persona y, por otro, intimar o intimidar, introducir temor, infundir miedo.
La intimidad es la marca del sujeto moderno, el sujeto en intimidad es sujeto frente a sí mismo.
Si bien el diario íntimo está escrito "para sí mismo", con carácter secreto, puede decirse que goza de cierta pretensión de trascendencia ya que puede suceder que el autor permita su lectura o publicación en vida o de manera póstuma, por lo que ese "espacio íntimo" dejaría "lo privado" para formar parte de "lo público".
El diario personal o íntimo es un subgénero de la biografía y en concreto de la autobiografía. Se trata de un texto que, de manera fragmentaria y con el registro de la fecha, suele destinarse a una lectura posterior y privada de quién lo confeccionó.
La denominación "íntimo" significa, por un lado, interno o interior, relación estrecha, zona espiritual íntima y reservada, de reflexión y autoanálisis de una persona y, por otro, intimar o intimidar, introducir temor, infundir miedo.
La intimidad es la marca del sujeto moderno, el sujeto en intimidad es sujeto frente a sí mismo.
Si bien el diario íntimo está escrito "para sí mismo", con carácter secreto, puede decirse que goza de cierta pretensión de trascendencia ya que puede suceder que el autor permita su lectura o publicación en vida o de manera póstuma, por lo que ese "espacio íntimo" dejaría "lo privado" para formar parte de "lo público".
Hola de nuevo
Hola, ¿Cómo están? ¡Tanto tiempo!
Tenía abandonado el blog porque mi tarea docente no me dejaba mucho tiempo libre.
Tengo intención de ir actualizándolo nuevamente.
Espero que el material de los post les sea útil.
¡Saludos! :)
Tenía abandonado el blog porque mi tarea docente no me dejaba mucho tiempo libre.
Tengo intención de ir actualizándolo nuevamente.
Espero que el material de los post les sea útil.
¡Saludos! :)
domingo, 15 de junio de 2014
martes, 23 de julio de 2013
Un cuento fantástico
La Soga de Silvina Ocampo
A Antoñito López le gustaban los juegos peligrosos: subir por la escalera de mano del tanque de agua, tirarse por el tragaluz del techo de la casa, encender papeles en la chimenea. Esos juegos lo entretuvieron hasta que descubrió la soga, la soga vieja que servía otrora para atar los baúles, para subir los baldes del fondo del aljibe y, en definitiva, para cualquier cosa; sí, los juegos lo entretuvieron hasta que la soga cayó en sus manos. Todo un año, de su vida de siete años, Antoñito había esperado que le dieran la soga; ahora podía hacer con ella lo que quisiera. Primeramente hizo una hamaca colgada de un árbol, después un arnés para el caballo, después una liana para bajar de los árboles, después un salvavidas, después una horca para los reos, después un pasamano, finalmente una serpiente. Tirándola con fuerza hacia delante, la soga se retorcía y se volvía con la cabeza hacia atrás, con ímpetu, como dispuesta a morder. A veces subía detrás de Toñito las escaleras, trepaba a los árboles, se acurrucaba en los bancos. Toñito siempre tenía cuidado de evitar que la soga lo tocara; era parte del juego. Yo lo vi llamar a la soga, como quien llama a un perro, y la soga se le acercaba, a regañadientes, al principio, luego, poco a poco, obedientemente. Con tanta maestría Antoñito lanzaba la soga y le daba aquel movimiento de serpiente maligna y retorcida que los dos hubieran podido trabajar en un circo. Nadie le decía: “Toñito, no juegues con la soga.”La soga parecía tranquila cuando dormía sobre la mesa o en el suelo. Nadie la hubiera creído capaz de ahorcar a nadie. Con el tiempo se volvió más flexible y oscura, casi verde y, por último, un poco viscosa y desagradable, en mi opinión. El gato no se le acercaba y a veces, por las mañanas, entre sus nudos, se demoraban sapos extasiados. Habitualmente, Toñito la acariciaba antes de echarla al aire, como los discóbolos o lanzadores de jabalinas, ya no necesitaba prestar atención a sus movimientos: sola, se hubiera dicho, la soga saltaba de sus manos para lanzarse hacia delante, para retorcerse mejor.Si alguien le pedía:—Toñito, préstame la soga.El muchacho invariablemente contestaba:—No.A la soga ya le había salido una lengüita, en el sito de la cabeza, que era algo aplastada, con barba; su cola, deshilachada, parecía de dragón.Toñito quiso ahorcar un gato con la soga. La soga se rehusó. Era buena.¿Una soga, de qué se alimenta? ¡Hay tantas en el mundo! En los barcos, en las casas, en las tiendas, en los museos, en todas partes... Toñito decidió que era herbívora; le dio pasto y le dio agua.La bautizó con el nombre Prímula. Cuando lanzaba la soga, a cada movimiento, decía: “Prímula, vamos Prímula.” Y Prímula obedecía.Toñito tomó la costumbre de dormir con Prímula en la cama, con la precaución de colocarle la cabecita sobre la almohada y la cola bien abajo, entre las cobijas.Una tarde de diciembre, el sol, como una bola de fuego, brillaba en el horizonte, de modo que todo el mundo lo miraba comparándolo con la luna, hasta el mismo Toñito, cuando lanzaba la soga. Aquella vez la soga volvió hacia atrás con la energía de siempre y Toñito no retrocedió. La cabeza de Prímula le golpeó el pecho y le clavó la lengua a través de la blusa.Así murió Toñito. Yo lo vi, tendido, con los ojos abiertos.La soga, con el flequillo despeinado, enroscada junto a él, lo velaba.
A Antoñito López le gustaban los juegos peligrosos: subir por la escalera de mano del tanque de agua, tirarse por el tragaluz del techo de la casa, encender papeles en la chimenea. Esos juegos lo entretuvieron hasta que descubrió la soga, la soga vieja que servía otrora para atar los baúles, para subir los baldes del fondo del aljibe y, en definitiva, para cualquier cosa; sí, los juegos lo entretuvieron hasta que la soga cayó en sus manos. Todo un año, de su vida de siete años, Antoñito había esperado que le dieran la soga; ahora podía hacer con ella lo que quisiera. Primeramente hizo una hamaca colgada de un árbol, después un arnés para el caballo, después una liana para bajar de los árboles, después un salvavidas, después una horca para los reos, después un pasamano, finalmente una serpiente. Tirándola con fuerza hacia delante, la soga se retorcía y se volvía con la cabeza hacia atrás, con ímpetu, como dispuesta a morder. A veces subía detrás de Toñito las escaleras, trepaba a los árboles, se acurrucaba en los bancos. Toñito siempre tenía cuidado de evitar que la soga lo tocara; era parte del juego. Yo lo vi llamar a la soga, como quien llama a un perro, y la soga se le acercaba, a regañadientes, al principio, luego, poco a poco, obedientemente. Con tanta maestría Antoñito lanzaba la soga y le daba aquel movimiento de serpiente maligna y retorcida que los dos hubieran podido trabajar en un circo. Nadie le decía: “Toñito, no juegues con la soga.”La soga parecía tranquila cuando dormía sobre la mesa o en el suelo. Nadie la hubiera creído capaz de ahorcar a nadie. Con el tiempo se volvió más flexible y oscura, casi verde y, por último, un poco viscosa y desagradable, en mi opinión. El gato no se le acercaba y a veces, por las mañanas, entre sus nudos, se demoraban sapos extasiados. Habitualmente, Toñito la acariciaba antes de echarla al aire, como los discóbolos o lanzadores de jabalinas, ya no necesitaba prestar atención a sus movimientos: sola, se hubiera dicho, la soga saltaba de sus manos para lanzarse hacia delante, para retorcerse mejor.Si alguien le pedía:—Toñito, préstame la soga.El muchacho invariablemente contestaba:—No.A la soga ya le había salido una lengüita, en el sito de la cabeza, que era algo aplastada, con barba; su cola, deshilachada, parecía de dragón.Toñito quiso ahorcar un gato con la soga. La soga se rehusó. Era buena.¿Una soga, de qué se alimenta? ¡Hay tantas en el mundo! En los barcos, en las casas, en las tiendas, en los museos, en todas partes... Toñito decidió que era herbívora; le dio pasto y le dio agua.La bautizó con el nombre Prímula. Cuando lanzaba la soga, a cada movimiento, decía: “Prímula, vamos Prímula.” Y Prímula obedecía.Toñito tomó la costumbre de dormir con Prímula en la cama, con la precaución de colocarle la cabecita sobre la almohada y la cola bien abajo, entre las cobijas.Una tarde de diciembre, el sol, como una bola de fuego, brillaba en el horizonte, de modo que todo el mundo lo miraba comparándolo con la luna, hasta el mismo Toñito, cuando lanzaba la soga. Aquella vez la soga volvió hacia atrás con la energía de siempre y Toñito no retrocedió. La cabeza de Prímula le golpeó el pecho y le clavó la lengua a través de la blusa.Así murió Toñito. Yo lo vi, tendido, con los ojos abiertos.La soga, con el flequillo despeinado, enroscada junto a él, lo velaba.
lunes, 22 de julio de 2013
domingo, 7 de julio de 2013
El cuento según la opinión de Julio Cortázar
La estructura del cuento está
conformada por tres elementos:
Significación + intensidad + tensión
Significación:
Este elemento, parece residir
principalmente en su tema, en el hecho de escoger un acaecimiento
real o fingido que posea esa misteriosa propiedad de irradiar algo
más allá de sí mismo.
No hay temas, por sí mismos
significativos; lo que hay es un lazo entre cierto escritor y cierto
tema en un momento dado.
Se ve determinada, en cierta medida,
por algo que está fuera del cuento en sí, por algo que está antes
y después del tema. Antes del tema, está el escritor, con sus
valores humanos y literarios; lo que se encuentra después del tema
nos conecta con el segundo y tercer elemento de la estructura del
género:
Intensidad y tensión:
La significación no reside solo en el
tema del cuento; la idea de este primer elemento no puede tener
sentido sino en relación con la idea de intensidad y tensión, que
ya no apuntan al tema, sino al tratamiento literario que se le da, la
forma en que el cuentista, frente a su tema, lo ataca y sitúa
verbalmente y estilísticamente, lo estructura en forma de cuento, y
lo proyecta en último termino hacia algo que excede el cuento mismo.
El cuento debe crear un clima propio
que permita que el lector pueda revivir esa convicción que llevó a
su autor a escribirlo; lo cual solo es logrado mediante un estilo
basado en la intensidad y la tensión, un estilo en el que los
elementos formales y expresivos se ajusten a la índole del tema
fijándolo, para siempre, en su tiempo y en su ambiente.
La intensidad consiste, entonces, en la
eliminación de todas las ideas o situaciones intermedias, de todos
los rellenos o fases de transición que la novela permite e incluso
exige; prescindiendo, por ejemplo, de toda descripción de ambientes.
La intensidad adquiere el nombre de
tensión, cuando se ejerce en la manera con que el autor nos va
acercando lentamente a lo contado; sin saber, todavía, lo que va a
ocurrir en el cuento, sin embargo no nos deja sustraernos de su
atmósfera.
Tanto la intensidad de la acción como
la tensión interna del relato son producto del oficio de escritor.
La clave de un cuento eficaz, se halla en la tarea de escribir
intensamente, mostrarlo intensamente, de manera que haga blanco y se
clave, en la memoria del lector.
sábado, 6 de julio de 2013
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