Bienvenidos!
sábado, 7 de abril de 2018
lunes, 2 de abril de 2018
domingo, 25 de marzo de 2018
El héroe - Rabindranath Tagore
Yo monto un caballo rubio al lado de tu palanquín.
El sol se pone; anochece. El desierto de Joradoghi, gris y desolado, se extiende ante nosotros.
El miedo se apodera de ti y piensas: ‘¿Dónde estamos?’
Pero yo te digo: ‘No temas, madre’.
La tierra está erizada de cardos y la cruza un estrecho sendero.
Todos los rebaños han vuelto ya a los establos de los pueblos y en la vasta extensión no se ve ningún ser viviente.
La oscuridad crece, el campo y el cielo se borran y ya no podemos distinguir nuestro camino.
De
pronto, me llamas y me dices al oído: ‘¿Qué es aquella luz, allí, junto
a la orilla?’ Se oye entonces un terrible alarido y las sombras se
acercan corriendo hacia nosotros.
Tú te acurrucas en tu palanquín e invocas a los dioses.
Los portadores, temblando de espanto, se esconden en las zarzas.
Pero
yo te grito: ‘¡No tengas miedo, madre, que yo estoy aquí!’ Armados con
largos bastones, los cabellos al viento, los bandidos se acercan.
Yo les advierto: ‘¡Deténganse, malvados! ¡Un paso más y son muertos!’
Sus alaridos arrecian y se lanzan sobre nosotros.
Tú tomas mis manos y me dices: ‘¡Hijo mío, te lo suplico, escapa de ellos!’
Y yo contesto: ‘Madre, vas a ver lo que hago’.
Entonces espoleo a mi caballo y lo lanzo al galope. Mi espada y mi escudo entrechocan ruidosamente.
La lucha es tan terrible, madre, que morirías de terror si pudieras verla desde tu palanquín.
Muchos huyen, muchos más son despedazados.
Tú, inmóvil y sola, piensas sin duda: ‘Mi hijo habrá muerto ya’.
Pero yo llego, bañado en sangre, y te digo: ‘Madre, la lucha ha terminado’.
Tú
desciendes del palanquín, me besas, y estrechándome contra tu corazón
me dices: ‘¿Qué habría sido de mí si mi hijo no me hubiera escoltado?’
Cada
día suceden mil cosas inútiles. ¿Por qué no ha de ser posible que
ocurra una aventura semejante? Sería como un cuento de los libros.
Mi hermano diría: ‘¿Es posible? ¡Siempre lo tuve por tan poca cosa!’
Y la gente del pueblo proclamaría: ‘¡Qué suerte la de la madre al tener a su hijo a su lado!’
Fin.
sábado, 24 de marzo de 2018
Biografía de Virginia Woolf

(Adeline Virginia Stephen; Londres, Reino Unido, 1882 -
Lewes, id., 1941) Escritora británica. El nombre de Virginia Woolf figura junto
con el de James Joyce, Thomas Mann o Franz Kafka entre los grandes renovadores
de la novela moderna. Experimentando con la estructura temporal y espacial de
la narración, perfeccionó en sus novelas el monólogo interior, procedimiento
por el que se intenta representar los pensamientos de un personaje en su forma
primigenia, en su fluir inconsciente, tal y como surgen en la mente. Algunas de
sus obras más famosas, como La señora Dalloway (1925), Al faro (1927) o Las
olas (1931), ejemplifican este recurso mediante un poderoso lenguaje narrativo
en el que se equilibran perfectamente el mundo racional y el irracional.
Woolf fue además pionera en la reflexión sobre la condición
de la mujer, la identidad femenina y las relaciones de la mujer con el arte y
la literatura, que desarrolló en algunos de sus ensayos; entre ellos, destaca
por la repercusión que posteriormente tendría para el feminismo Una habitación
propia (1932). No sólo abordó este tema en los ensayos, sino que también lo
hizo en novelas como la inquietante y misteriosa Orlando (1928), en la que se
difuminan las diferencias entre la condición masculina y la femenina encarnadas
en el protagonista, un aristócrata dotado de la facultad de transformarse en
mujer.
Hija de sir Leslie Stephen, distinguido crítico e
historiador, Virginia Woolf creció en un ambiente frecuentado por literatos,
artistas e intelectuales. Tras el fallecimiento de su padre, en 1905, se
estableció con su hermana Vanessa -pintora que se casaría con el crítico Clive
Bell- y sus dos hermanos en el barrio londinense de Bloomsbury, que se
convirtió en centro de reunión de antiguos compañeros universitarios de su
hermano mayor, entre los que figuraban intelectuales de la talla del escritor
E. M. Forster, el economista J. M. Keynes y los filósofos Bertrand Russell y
Ludwig Wittgenstein, y que sería conocido como el grupo de Bloomsbury.
Elementos comunes de esta heterogénea elite intelectual fueron la búsqueda del
conocimiento y del placer estético entendidos como la tarea más elevada a que
debe tender el individuo, así como un anticonformismo político y moral.
En 1912, cuando contaba treinta años, se casó con Leonard
Woolf, economista y miembro también del grupo, con quien fundó en 1917 la
célebre editorial Hogarth Press, que editó la obra de la propia Virginia y la
de otros relevantes escritores, como Katherine Mansfield, T. S. Eliot o Sigmund
Freud. Sus primeras novelas, Viaje de ida y Noche y día, ponen ya de manifiesto
la intención de la escritora de romper los moldes narrativos heredados de la
novelística inglesa anterior, en especial la subordinación de personajes y
acciones al argumento general de la novela, así como las descripciones de
ambientes y personajes tradicionales; sin embargo, estos primeros títulos
apenas merecieron consideración por parte de la crítica.
Sólo con la publicación de La señora Dalloway y Alfaro
comenzaron a elogiar los críticos su originalidad literaria. En estas obras
llaman ya la atención la maestría técnica y el afán experimental de la autora,
quien introducía además en la prosa novelística un estilo y unas imágenes hasta
entonces más propios de la poesía. Desaparecidas la acción y la intriga, sus
narraciones se esfuerzan por captar la vida cambiante e inasible de la
conciencia.
Virginia Woolf escribió también una serie de ensayos que giraban
en torno de la condición de la mujer, en los que destacó la construcción social
de la identidad femenina y reivindicó el papel de la mujer escritora, como en
Una habitación propia. Destacó a su vez como crítica literaria, y fue autora de
dos biografías: una divertida recreación de la vida de los Browning a través de
los ojos de su perro (Flush) y otra sobre el crítico Robert Fry (Fry). En uno
de los accesos de una enfermedad mental que había obligado a ingresarla en
varias ocasiones a lo largo de su vida, el 28 de marzo de 1941 desapareció de
su casa de campo, hasta que días después su cuerpo fue hallado en el río Ouse.
domingo, 18 de marzo de 2018
viernes, 16 de marzo de 2018
jueves, 25 de enero de 2018
"El fin" - Jorge Luis Borges
Recabarren, tendido, entreabrió los ojos y vio el oblicuo cielo raso de
junco. De la otra pieza le llegaba un rasgueo de guitarra, una suerte de
pobrísimo laberinto que se enredaba y desataba infinitamente…
Recobró poco a poco la realidad, las cosas cotidianas que ya no
cambiaría nunca por otras. Miró sin lástima su gran cuerpo inútil, el poncho
de lana ordinaria que le envolvía las piernas. Afuera, más allá de los
barrotes de la ventana, se dilataban la llanura y la tarde; había dormido,
pero aun quedaba mucha luz en el cielo. Con el brazo izquierdo tanteó dar
con un cencerro de bronce que había al pie del catre. Una o dos veces lo
agitó; del otro lado de la puerta seguían llegándole los modestos acordes. El
ejecutor era un negro que había aparecido una noche con pretensiones de
cantor y que había desafiado a otro forastero a una larga payada de
contrapunto. Vencido, seguía frecuentando la pulpería, como a la espera de
alguien. Se pasaba las horas con la guitarra, pero no había vuelto a cantar;
acaso la derrota lo había amargado. La gente ya se había acostumbrado aese hombre inofensivo. Recabarren, patrón de la pulpería, no olvidaría ese
contrapunto; al día siguiente, al acomodar unos tercio de yerba, se le había
muerto bruscamente el lado derecho y había perdido el habla. A fuerza de
apiadarnos de las desdichas de los héroes de la novelas concluímos
apiadándonos con exceso de las desdichas propias; no así el sufrido
Recabarren, que aceptó la parálisis como antes había aceptado el rigor y las
soledades de América. Habituado a vivir en el presente, como los animales,
ahora miraba el cielo y pensaba que el cerco rojo de la luna era señal de
lluvia.
Un chico de rasgos aindiados (hijo suyo, tal vez) entreabrió la puerta.
Recabarren le preguntó con los ojos si había algún parroquiano. El chico,
taciturno, le dijo por señas que no; el negro no cantaba. El hombre postrado
se quedó solo; su mano izquierda jugó un rato con el cencerro, como si
ejerciera un poder.
La llanura, bajo el último sol, era casi abstracta, como vista en un
sueño. Un punto se agitó en el horizonte y creció hasta ser un jinete, que
venía, o parecía venir, a la casa. Recabarren vio el chambergo, el largo
poncho oscuro, el caballo moro, pero no la cara del hombre, que, por fin,
sujetó el galope y vino acercándose al trotecito. A unas doscientas varas
dobló. Recabarren no lo vio más, pero lo oyó chistar, apearse, atar el caballo
al palenque y entrar con paso firme en la pulpería.
Sin alzar los ojos del instrumento, donde parecía buscar algo, el negro
dijo con dulzura:
—Ya sabía yo, señor, que podía contar con usted.
El otro, con voz áspera, replicó:
—Y yo con vos, moreno. Una porción de días te hice esperar, pero aquí
he venido.
Hubo un silencio. Al fin, el negro respondió:
—Me estoy acostumbrando a esperar. He esperado siete años.
El otro explicó sin apuro:
—Más de siete años pasé yo sin ver a mis hijos.
Los encontré ese día y no quise mostrarme como un hombre que anda
a las puñaladas.
—Ya me hice cargo —dijo el negro—. Espero que los dejó con salud.
El forastero, que se había sentado en el mostrador, se rió de buena
gana. Pidió una caña y la paladeó sin concluirla.
—Les di buenos consejos —declaró—, que nunca están de más y no
cuestan nada. Les dije, entre otras cosas, que el hombre no debe derramar la
sangre del hombre.
Un lento acorde precedió la respuesta de negro:
—Hizo bien. Así no se parecerán a nosotros.
—Por lo menos a mí —dijo el forastero y añadió como si pensara en voz
alta—: Mi destino ha querido que yo matara y ahora, otra vez, me pone el
cuchillo en la mano.
El negro, como si no lo oyera, observó:
—Con el otoño se van acortando los días.
—Con la luz que queda me basta —replicó el otro, poniéndose de pie.
Se cuadró ante el negro y le dijo como cansado:
—Dejá en paz la guitarra, que hoy te espera otra clase de contrapunto.
Los dos se encaminaron a la puerta. El negro, al salir, murmuró:
—Tal vez en éste me vaya tan mal como en el primero.
El otro contestó con seriedad:
—En el primero no te fue mal. Lo que pasó es que andabas ganoso de
llegar al segundo.
Se alejaron un trecho de las casas, caminando a la par. Un lugar de la
llanura era igual a otro y la luna resplandecía. De pronto se miraron, se
detuvieron y el forastero se quitó las espuelas. Ya estaban con el poncho en
el antebrazo, cuando el negro dijo:
—Una cosa quiero pedirle antes que nos trabemos. Que en este
encuentro ponga todo su coraje y toda su maña, como en aquel otro de hace
siete años, cuando mató a mi hermano.
Acaso por primera vez en su diálogo, Martín Fierro oyó el odio. Su
sangre lo sintió como un acicate. Se entreveraron y el acero filoso rayó y
marcó la cara del negro.
Hay una hora de la tarde en que la llanura está por decir algo; nunca lo
dice o tal vez lo dice infinitamente y no lo entendemos, o lo entendemos
pero es intraducible como una música… Desde su catre, Recabarren vio el
fin. Una embestida y el negro reculó, perdió pie, amagó un hachazo a la cara
y se tendió en una puñalada profunda, que penetró en el vientre. Después
vino otra que el pulpero no alcanzó a precisar y Fierro no se levantó.
Inmóvil, el negro parecía vigilar su agonía laboriosa. Limpió el facón
ensangrentado en el pasto y volvió a las casas con lentitud, sin mirar para
atrás. Cumplida su tarea de justiciero, ahora era nadie. Mejor dicho era el
otro: no tenía destino sobre la tierra y había matado a un hombre.
FIN
junco. De la otra pieza le llegaba un rasgueo de guitarra, una suerte de
pobrísimo laberinto que se enredaba y desataba infinitamente…
Recobró poco a poco la realidad, las cosas cotidianas que ya no
cambiaría nunca por otras. Miró sin lástima su gran cuerpo inútil, el poncho
de lana ordinaria que le envolvía las piernas. Afuera, más allá de los
barrotes de la ventana, se dilataban la llanura y la tarde; había dormido,
pero aun quedaba mucha luz en el cielo. Con el brazo izquierdo tanteó dar
con un cencerro de bronce que había al pie del catre. Una o dos veces lo
agitó; del otro lado de la puerta seguían llegándole los modestos acordes. El
ejecutor era un negro que había aparecido una noche con pretensiones de
cantor y que había desafiado a otro forastero a una larga payada de
contrapunto. Vencido, seguía frecuentando la pulpería, como a la espera de
alguien. Se pasaba las horas con la guitarra, pero no había vuelto a cantar;
acaso la derrota lo había amargado. La gente ya se había acostumbrado aese hombre inofensivo. Recabarren, patrón de la pulpería, no olvidaría ese
contrapunto; al día siguiente, al acomodar unos tercio de yerba, se le había
muerto bruscamente el lado derecho y había perdido el habla. A fuerza de
apiadarnos de las desdichas de los héroes de la novelas concluímos
apiadándonos con exceso de las desdichas propias; no así el sufrido
Recabarren, que aceptó la parálisis como antes había aceptado el rigor y las
soledades de América. Habituado a vivir en el presente, como los animales,
ahora miraba el cielo y pensaba que el cerco rojo de la luna era señal de
lluvia.
Un chico de rasgos aindiados (hijo suyo, tal vez) entreabrió la puerta.
Recabarren le preguntó con los ojos si había algún parroquiano. El chico,
taciturno, le dijo por señas que no; el negro no cantaba. El hombre postrado
se quedó solo; su mano izquierda jugó un rato con el cencerro, como si
ejerciera un poder.
La llanura, bajo el último sol, era casi abstracta, como vista en un
sueño. Un punto se agitó en el horizonte y creció hasta ser un jinete, que
venía, o parecía venir, a la casa. Recabarren vio el chambergo, el largo
poncho oscuro, el caballo moro, pero no la cara del hombre, que, por fin,
sujetó el galope y vino acercándose al trotecito. A unas doscientas varas
dobló. Recabarren no lo vio más, pero lo oyó chistar, apearse, atar el caballo
al palenque y entrar con paso firme en la pulpería.
Sin alzar los ojos del instrumento, donde parecía buscar algo, el negro
dijo con dulzura:
—Ya sabía yo, señor, que podía contar con usted.
El otro, con voz áspera, replicó:
—Y yo con vos, moreno. Una porción de días te hice esperar, pero aquí
he venido.
Hubo un silencio. Al fin, el negro respondió:
—Me estoy acostumbrando a esperar. He esperado siete años.
El otro explicó sin apuro:
—Más de siete años pasé yo sin ver a mis hijos.
Los encontré ese día y no quise mostrarme como un hombre que anda
a las puñaladas.
—Ya me hice cargo —dijo el negro—. Espero que los dejó con salud.
El forastero, que se había sentado en el mostrador, se rió de buena
gana. Pidió una caña y la paladeó sin concluirla.
—Les di buenos consejos —declaró—, que nunca están de más y no
cuestan nada. Les dije, entre otras cosas, que el hombre no debe derramar la
sangre del hombre.
Un lento acorde precedió la respuesta de negro:
—Hizo bien. Así no se parecerán a nosotros.
—Por lo menos a mí —dijo el forastero y añadió como si pensara en voz
alta—: Mi destino ha querido que yo matara y ahora, otra vez, me pone el
cuchillo en la mano.
El negro, como si no lo oyera, observó:
—Con el otoño se van acortando los días.
—Con la luz que queda me basta —replicó el otro, poniéndose de pie.
Se cuadró ante el negro y le dijo como cansado:
—Dejá en paz la guitarra, que hoy te espera otra clase de contrapunto.
Los dos se encaminaron a la puerta. El negro, al salir, murmuró:
—Tal vez en éste me vaya tan mal como en el primero.
El otro contestó con seriedad:
—En el primero no te fue mal. Lo que pasó es que andabas ganoso de
llegar al segundo.
Se alejaron un trecho de las casas, caminando a la par. Un lugar de la
llanura era igual a otro y la luna resplandecía. De pronto se miraron, se
detuvieron y el forastero se quitó las espuelas. Ya estaban con el poncho en
el antebrazo, cuando el negro dijo:
—Una cosa quiero pedirle antes que nos trabemos. Que en este
encuentro ponga todo su coraje y toda su maña, como en aquel otro de hace
siete años, cuando mató a mi hermano.
Acaso por primera vez en su diálogo, Martín Fierro oyó el odio. Su
sangre lo sintió como un acicate. Se entreveraron y el acero filoso rayó y
marcó la cara del negro.
Hay una hora de la tarde en que la llanura está por decir algo; nunca lo
dice o tal vez lo dice infinitamente y no lo entendemos, o lo entendemos
pero es intraducible como una música… Desde su catre, Recabarren vio el
fin. Una embestida y el negro reculó, perdió pie, amagó un hachazo a la cara
y se tendió en una puñalada profunda, que penetró en el vientre. Después
vino otra que el pulpero no alcanzó a precisar y Fierro no se levantó.
Inmóvil, el negro parecía vigilar su agonía laboriosa. Limpió el facón
ensangrentado en el pasto y volvió a las casas con lentitud, sin mirar para
atrás. Cumplida su tarea de justiciero, ahora era nadie. Mejor dicho era el
otro: no tenía destino sobre la tierra y había matado a un hombre.
FIN
(Artificios, 1944;Ficciones, 1944)
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